La Revista de la Salud Mental
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Sección:
Psiquiatría


Depresión y Entorno Familar
Ignacio Revuelta. CS Rafael Alberti. GdT en Salud Mental. SoMaMFYC

A pesar de todos los cambios sociales de los últimos tiempos la familia sigue siendo el lugar al que recurrimos los individuos para satisfacer nuestras necesidades de seguridad física y emocional, salud y bienestar. Es frecuente que nosotros (e incluso los médicos que nos atienden) demos poco valor al papel que el entorno familiar juega en los procesos de enfermar. Recordemos algunas de las influencias de la familia sobre la salud:

  1. La familia es la fuente principal de nuestras creencias y pautas de comportamiento relacionadas con la salud
  2. Las tensiones que sufre la familia en el esfuerzo de adaptarse a las distintas etapas vitales por las que atraviesa pueden repercutir en la salud de sus miembros
  3. La familia y sus miembros pueden sufrir los déficit y las sobrecargas de la convivencia con el enfermo, aumentando el riesgo de desarrollar sus propios síntomas.
  4. Las familias son un recurso valioso y  una fuente de apoyo para el adecuado tratamiento de la enfermedad

¿CÓMO SE RELACIONAN FAMILIA y DEPRESIÓN?

        Desde esta perspectiva vamos intentar aclarar en lo posible qué papel juega el entorno familiar en la enfermedad depresiva y qué pautas puede seguir la familia que desea ayudar a la recuperación de un enfermo con depresión.

La familia como “causa”

Durante la infancia, un estilo educativo culpabilizador y muy crítico, con bajo nivel de afecto por parte de los padres (sobre todo de la madre), acompañado de un alto grado de control, puede predisponer a la aparición de cuadros depresivos en la edad adulta.

Distintas enfermedades, entre otras la depresión, suelen ir precedidas de un aumento de sucesos vitales estresantes. La pérdida del empleo, un fallecimiento, una separación o incluso unas Navidades pueden ser una fuente importante de estrés. La mayoría de estos acontecimientos (y 10 de los 15 más estresantes) ocurren en el seno de la familia. Asimismo tener la vivencia de que nuestra familia no ejerce adecuadamente su función de apoyo material y afectivo pude favorecer la aparición de un cuadro depresivo. Principalmente la falta de afecto o confianza en el cónyuge constituyen un factor de riesgo de aparición y evolución de síntomas depresivos, especialmente en el caso de mujeres, y en especial tras un parto.

        Tenemos que estar especialmente alerta ante algunas situaciones y, en el caso que nosotros o alguien de nuestro entorno se sienta desbordado, o comience a presentar síntomas depresivos, no debemos dudar en acudir a la consulta de nuestro médico:

  1. Infancia: perdida o separación paterna, perdida del contacto familiar por internamiento  o ingreso.
  2. Adolescencia: separación de los padres, del hogar o de la escuela
  3. Adultos jóvenes: ruptura de pareja, embarazo (especialmente primigestas) o aborto, nacimiento de un niño disminuido, pérdida de trabajo, pérdida de un progenitor, emigración.
  4. Adultos ancianos: jubilación, pérdida de funciones físicas, duelo, pérdida del ambiente familiar (ingresos o institucionalización), enfermedad o incapacidad de familiares cercanos.

La familia como “daño colateral”

Si un familiar nuestro tiene una escayola o tiene fiebre entendemos con facilidad que tiene sus capacidades disminuidas y aceptamos que debemos hacer un esfuerzo extra mientras dure la enfermedad. Si lo que tiene es una depresión nos costará entender que sus capacidades están severamente alteradas porque “la escayola” no se ve. Sin embargo, según la OMS , la depresión mayor es ya la causa principal de discapacidad y, si las proyecciones son correctas, en los próximos 20 años tendrá el dudoso honor de convertirse en la segunda causa de carga global de enfermedad.

Además es sabido que la depresión afecta en mayor medida a las mujeres que a los hombres, y pese a los cambios que la incorporación al mercado laboral ha supuesto, las mujeres siguen ocupándose mayoritariamente de las tareas en el hogar incluyendo el cuidado de los niños. Imaginemos entonces qué efectos puede producir sobre el funcionamiento de una familia tener un miembro con un importante grado de discapacidad por una depresión, especialmente si se trata de la madre. Podemos esquematizar algunos cambios en el funcionamiento de la familia con el siguiente esquema:

depresion

Tal vez donde se haya hecho más hincapié es en las alteraciones que sufren los niños (especialmente de corta edad) de madres deprimidas. Se han  detectado cambios psicológicos, biológicos y del comportamiento. Los hijos de padres deprimidos tienen hasta tres veces más posibilidad de presentar depresión, y la mejoría del cuadro materno favorece una buena evolución de los problemas de salud mental de los hijos. Además depresión de la madre puede tener otras consecuencias relevantes como un menor uso de prácticas de prevención de accidentes (usar silla adaptada en el coche o usar protectores de enchufes).

La familia como”recurso”

Sabemos que el hecho de poseer unas buenas redes y apoyos sociales favorece una mejora de la salud de forma directa, además de amortiguar los efectos adversos del estrés. La fuente más importante de apoyo social suele ser la familia.

Diversos estudios avalan la idea de que en la depresión mayor, la presencia de apoyo de familia y amigos se asocia a una mejor recuperación. Incluso en lo referente al tratamiento, tener una satisfactoria relación de pareja mejora la respuesta a los antidepresivos cuando éstos  están indicados, además de mejorar la adherencia al tratamiento.
       

¿CÓMO PUEDE LA FAMILIA COLABORAR EN LA RECUPERACIÓN?

 Informándose

Se ha visto, por ejemplo, que familias que entienden que la depresión tiene un componente biológico favorecen más la adherencia al tratamiento de los enfermos, que las que interpretan el cuadro sólo como un problema adaptativo o interpersonal. A través de lo profesionales que atienden su familiar con depresión la familia debe obtener información para:

  1. Comprender la enfermedad: qué es y a qué se debe, cuales son los síntomas y el pronóstico
  2. Recibir instrucciones sobre qué no hacer: no juzgar o culpabilizar al paciente, no forzarle a animarse o a hacer cosas, no infravalorar la enfermedad, no sustituir a la persona deprimida en todas sus tareas.
  3. Aprender cómo prestar apoyo: ayudando a aceptar la enfermedad, favoreciendo la adherencia al tratamiento, ofreciendo comprensión y reforzando los pequeños logros..
  4. Prestar atención a la situación de los menores, tanto en lo referente a sus cuidados básicos como a su evolución psicológica y comportamental. Es mejor explicar a los hijos qué está sucediendo de forma clara y sencilla, advirtiendo de los cambios y evitando generar en ellos sentimiento de culpa. Si se detectasen alteraciones en el comportamiento o problemas escolares pude ser necesario la consulta con el pediatra o incluso con un psicólogo especializado en infancia.

Colaborando con el médico

         La familia puede cooperar aportando información sobre  la estructura y funcionamiento familiar. Debe contribuir a que el enfermo realice correctamente el tratamiento y acuda a sus citas de seguimiento, alertando de la aparición de síntomas de alarma.

        Dos situaciones en las que el papel de la familia es más relevante son en el caso de que su familiar con depresión  precise un ingreso o manifieste ideas de suicidio. No hay que tener miedo a preguntarle sobre sus intenciones si el enfermo hace comentarios en este sentido y en el caso  de que las ideas de suicidio sean persistentes o tenga un plan elaborado, no dejarle solo y buscar ayuda. Especialmente hay que vigilarle durante las primeras semanas de tratamiento.

 Buscando apoyo

Es frecuente escuchar expresiones como: “esto no hay quien lo aguante, nunca quiere salir de casa, no podemos viajar”, o “doctora, qué va a pensar la gente, yo siempre le he tratado bien para que ahora este así
“.
       
Es importante afrontar las preocupaciones y sentimientos de los distintos miembros de familia, prestarse apoyo mutuo e intentar controlar las situaciones generadoras de estrés. La atención del familiar deprimido no puede reducir el necesario autocuidado de los propios familiares. Esto incluye mantener espacios de ocio o aficiones. Unos familiares agotados o que renuncian a su propia vida serán de poca ayuda y tenderán a culpabilizar al enfermo perpetuando la situación.

Otro aspecto importante es luchar contra el estigma de la enfermedad mental. El miedo a los juicios de amigos y vecinos, el sentimiento de vergüenza ante una enfermedad que no siempre se comprende puede favorecer conductas de ocultación y aislamiento que en nada benefician la recuperación.

En algunos casos, sobre todo en ante trastornos con tendencia a la cronicidad, las familias pueden obtener ayuda en Asociaciones de Familiares de Enfermos o en grupos de ayuda mutua

BIBLIOGRAFÍA

De la Revilla L (Director). Curso de atención a la familia en la práctica clínica. FMC 2000; 7 Supl 9

Grupo de trabajo de salud mental PAPPS. Guía de Salud Mental en Atención Primaria. Barcelona: semFYC;2001.
Recomendaciones también disponibles en: http://www.papps.org/recomendaciones/menu,htm

McDaniel, S.; Campbell, TL.; Seaburn, D.B. Orientación familiar en atención Primaria. Manual para médicos de familia y otros profesionales de la salud. Barcelona: Springer, 1998.

Real Pérez MA, Real Pérez M. Cómo informar sobre la enfermedad mental al paciente y a su familia en atención primaria. En: Caballero Martínez F, García Campayo J, González Rodríguez VM (coordinadores). Habilidades en Salud Mental. 2007. Módulo 2

Tizón García JL. Repercusiones en el niño de los trastornos mentales de sus progenitores y cuidadores. FMC 2005;12(4):220-35