La Revista de la Salud Mental
Conoce todos los caminos que conducen al bienestar


Sección:
Educativa

¿ESTÁ DEPRIMIDO MI HIJO?
Lorena López Muñoz, Editora y Coordinadora de la sección de Educativa

¿Será posible la depresión infantil en una sociedad en la que cada día los  niños y niñas tienen más recursos, más facilidades, educación más completa, si lo “tienen todo”?, ¿puede un niño/a estar triste, si aparentemente no tienen problemas, es una edad caracterizada por la alegría, la ilusión, la inocencia? Aunque durante mucho tiempo se ha pensado que no era posible, lo cierto es que la depresión infantil existe con una incidencia de un 8-10% en la población infantil.

Los cambios sociales y los avances tecnológicos, están aportando grandes beneficios al ser humano, pero no podemos obviar, que también influyen en el incremento de trastornos emocionales.

En el caso de las depresión infantil, el ritmo acelerado al que nos vemos sometidos (se descansa menos, menor tiempo de ocio, más actividades que desarrollar en el mismo tiempo...), los cambios en la estructura familiar (familias monoparentales, separaciones...), incorporación de la mujer al trabajo y cambios en las funciones que desempeña (los niños pasan más tiempo solos, son cuidados por abuelos o personas ajenas a la familia...), son algunos de los factores que influyen en la misma.

La depresión infantil no es tan diferente a la de los adultos. Es una situación afectiva de tristeza con intensidad y duración mayor de lo que cabría esperar en un niño/a, un estado de ánimo, una alteración del estado emocional, caracterizado por la tristeza, el decaimiento, la apatía. El niño/a tiene pensamientos y sentimientos negativos, poca energía, dificultad para disfrutar de las pequeñas y grandes cosas.
Se habla de depresión mayor cuando los síntomas son mayores de 2 semanas, y de trastorno distímico, cuando estos síntomas pasan de un mes.

Los síntomas que pueden aparecer y que difieren más de los que caracterizan la depresión del adulto, son la agresividad, los cambios en el rendimiento escolar, dificultades de relación social y quejas somáticas. Son alertas, a través de las cuales los niños tratan de transmitir que no se encuentran bien, que algo falla, aunque les cueste ponerle nombre, dada su dificultad de identificar y explicar a los demás y a sí mismos los problemas emocionales por los que pasan.

¿Cómo darnos cuenta de lo que pasa?

Realmente no es tan sencillo darse cuenta de que nuestro hijo está deprimido, ya que además de la dificultad, ya comentada, del niño para identificar y expresar sus emociones, se une que los síntomas, pensamientos y sentimientos negativos (“todo me sale mal”, “soy feo”, “nadie me quiere” “me siento solo”, tristeza, apatía...), no son perceptibles. Así que será su comportamiento lo que más nos pueda ayudar a identificarla: cambios de humor, de apetito, problemas de sueño, llanto, comportamientos agresivos, actividades solitarias, frecuentes quejas por dolores de cabeza o estómago, pocas ganas de ir al colegio o realizar actividades agradables...

¿Por qué se puede deprimir mi hijo/a?

Como en toda patología no hay una única causa, y no hay causas universales, es decir, niños/as bajo las mismas circunstancias pueden o no deprimirse. Así pues, es el ambiente unido a los rasgos de personalidad del niño, lo que puede desencadenar un estado de disforia, de tristeza, una depresión.

Entre los rasgos que hacen al niño/a más vulnerable está la dependencia emocional, niños y niñas con un apego demasiado intenso hacia sus progenitores, niños que se muestran inseguros y con miedos, niños con poco control de sus emociones, con reacciones desmesuradas (fuerte llanto ante la frustración, ante una crítica...). La tendencia a la introversión, a comunicar poco, a tener pocos amigos y amigas, también puede hacerles más vulnerables.

Pero, como hemos comentado, estas características sólo aumentan la probabilidad de que se desencadene una depresión, en sí mismos no son determinantes.

Deben confluir con precipitantes ambientales como cambios importantes en el entorno. Estos pueden ser externos, como un cambio de casa o de escuela, como emocionales los causados por una separación de los padres, pérdida de alguno de sus progenitores o cambio de profesores...; las dificultades y fracaso escolar, los conflictos sociales, el acoso o rechazo por parte del grupo de iguales, también pueden se importantes factores desencadenantes.

Las causas varían en función de la edad del niño, en el caso de los adolescentes, por ejemplo, son los cambios en el aspecto físico como engordar y el acné juvenil o los fracasos sentimentales y las dificultades de relación con la familia, aspectos que cobran relevancia frente a otros más propios de la infancia.

Para una adecuada evaluación de la depresión infantil y un tratamiento eficaz se hace necesario identificar con precisión las causas de la misma, ya que en ocasiones podemos confundir causa con efecto. Por ejemplo, el fracaso escolar puede causar, en el púber, síntomas depresivos por sentirse fracasado, poco hábil, inferior...; pero también puede ser consecuencia de estos, dadas las dificultades de concentración , la apatía o la desmotivación.

¿Cómo les puedo ayudar?

Si realmente considero la posibilidad de que mi hijo esté deprimido lo mejor es que acuda a un profesional que pueda evaluarlo con precisión para dar un diágnostico y tratamiento adecuado y personalizado.

Pero no por ello debemos sentirnos ajenos al problema. Podemos contribuir con actuaciones que ayuden a mejorar la situación, tales como elogiar y premiar con frecuencia sus pequeños éxitos, aumentar aquellas actividades que pudieran resultarle gratificantes como ir al cine, merendar fuera, invitar a amigos, hacerles su comida preferida...; pasar tiempo con ellos/as escuchándoles, animándoles a dialogar, interesándonos por sus cosas; ayudarles en el área escolar para que se sientan más exitosos; dar cariño, frecuentes muestras de afecto...

Nuestra labor pues, también tiene un peso fundamental, y debemos implicarnos activamente.