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Sección:
Psicología Clínica

LAS DECISIONES
D. Fernando Azor Lafarga, Co-director, coordinador de la sección

En nuestra vida cotidiana nos vemos abocados a toma decisiones constantemente, por poner algún ejemplo: “¿paso primero por el banco a hacer un ingreso, o paso por la relojería antes de que cierren para poner una correa nueva?”, “debería hacer la cama y recoger un poco antes de que vengan a verme, pero si no compro algo en el supermercado no les puedo dar nada de picar…”, y así día tras día. El problema común para todas estas situaciones es que se percibe un problema y no se acaba de ver una solución rápida y perfecta.

Antes de continuar, valoremos el concepto de estrés: es una reacción de nuestro organismo ante situaciones que requieren respuestas específicas. Digamos que el estrés en sí mismo no es malo, lo será sólo en el caso de que se mantenga durante largos períodos de tiempo. Realizar un deporte, jugar al tenis por ejemplo, provoca respuestas de estrés en nuestro organismo, lo que ocurre es que duran lo que dura un punto o como mucho el partido. Pero pongámonos en el supuesto de que la respuesta fisiológica y psicológica que damos en el momento más difícil del juego se diera de manera mantenida durante días o meses, el organismo empezaría a resentir el esfuerzo tarde o temprano. En ese punto es cuando hablaríamos de estrés “del malo”. Muchas personas viven diariamente bajo la sensación de que una serie de situaciones amenazantes han de ser resueltas ¡YA!, pero no saben cómo conseguirlo. No tienen porqué ser circunstancias de vida o muerte, pero la vivencia que se tiene de ellas se puede aproximar.

Cuanto más capaces seamos de decidir, más fácil será que la sensación de malestar desaparezca antes. Así, psicológica y físicamente, sentiremos menor malestar. Cuanto menos tiempo tardemos en tomar una decisión, menos tiempo la viviremos como una amenaza, claro que para que sea así será necesario asumir en un primer momento la consecuencia de nuestros errores y nuestra incapacidad para encontrar siempre una decisión perfecta. Doy por hecho que cualquier persona es capaz de entender que tarde o temprano uno puede equivocarse, el problema es que en la práctica no siempre nos autorizamos a errar. A veces la consecuencia de nuestro equívoco nos parece demasiado grande. En cualquier caso aun haciendo todo lo posible por hacer bien las cosas, los errores acaban llegando. Como digo, partir de esta premisa nos garantiza poder tomar decisiones más realistas, y sobre todo, más rápidas. Cuando decidimos qué hacer, nos enfrentamos a hechos ciertos no a supuestos que pueden ser negativos o amenazantes. Nos enfrentamos a circunstancias definidas por la realidad, y casi con toda seguridad, no serán tan malas como todas las alternativas a las que había que hacer frente cuando todo eran posibilidades.

Por otra parte hay que tener cuidado a la hora de tomar decisiones con nuestro grado de exigencia, de perfección. Está claro que la solución ideal es la que podemos puntuar como 10 sobre 10. Aceptar como válida una opción 5 sobre 10 no es lo deseable, pero habrá que preguntarse ¿existe alguna mejor? Quizás esa sea la menos mala, por tanto es posible que sea necesario afrontar las consecuencias negativas de la decisión que va a tomarse (a veces esto es más importante que convencerse de las cosas buenas que conseguimos)

Inténtelo, si toma decisiones con rapidez, el nivel de angustia será muy inferior. Al fin y al cabo ser feliz implica tener que hacer esfuerzos por conseguirlo, no se consigue sólo apartándonos de los problemas.