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Sección:
Psicología Clínica

La salud mental: de la enfermedad al bienestar fisico, mental y social
Sara Fernández Liaño – Licenciada en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid (UCM)

A nadie le resultará extraño que al comienzo de estos párrafos afirme que todas las personas a lo largo de su vida contraen, en varias ocasiones, algún tipo de enfermedad. Cuando tenemos fiebre por una infección, nos rompemos algún hueso o simplemente nos duele el estómago, sabemos que debemos llamar a nuestro médico para que nos examine y nos de un tratamiento que pueda curar nuestra enfermedad o paliar nuestros síntomas.

En estas situaciones no es difícil tomar el rol de enfermo y dejarnos curar por el profesional que nos atiende. Sin embargo ¿Ocurre esto en la patología psíquica? ¿Cómo podemos saber si estamos realmente sanos o no al tratarse de una enfermedad mental?

La definición que nos proporciona la Organización Mundial de la Salud (OMS) es que la salud es un estado de perfecto bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades. (OMS 1947). Esta definición incluye un bien estar mental y social además del físico, por eso es importante tener en cuenta este área del ser humano a la hora de hablar de salud.

Cuando entramos en el campo de la mente todo se complica por dos motivos; el primero porque su funcionamiento es muy complejo ya que entraña en él todo lo que somos, y en segundo lugar porque esa complejidad le hace ser aún hoy una gran desconocida para nosotros de la que solo conocemos la punta de su “iceberg”.

 Una de las grandes diferencias que existen entre la medicina orgánica y la mental es sin duda el papel que juegan en esta última nuestras cogniciones, emociones y conductas. Los profesionales mentales, en la mayoría de los casos, no trabajamos con huesos, órganos o infecciones sino que, lo que necesita un cambio son nuestros pensamientos, sentimientos o acciones.

Para conseguir trabajar con los pensamientos, sentimientos y conductas, es necesario, sobre todo, conocer al ser humano en un buen estado de salud mental. Una vez conseguido lo investigaremos más a fondo para intentar comprender la patología psíquica.

¿Por qué dos personas se comportan de distinta manera ante una misma situación? Esta es una de las muchas preguntas que debemos hacernos y que pueden ayudarnos a diferenciar a una persona sana de otra enferma.

Pongamos un ejemplo; si en una sala entrara una persona amenazando con un arma habrá quién se esconda, otros se quedarán paralizados o saldrán corriendo e incluso algunos se enfrentaran al agresor. ¿Por qué? ¿Qué es lo sano en esta situación? Lo que sí sabemos es que ese patrón de conducta refleja la interacción que existe entre lo biológico y lo ambiental, es decir, nuestra genética y entorno.

Tanto nuestro temperamento (genética), como nuestro aprendizaje hacen que a lo largo de nuestra vida se forme, entre otras cosas, una estructura psicológica que es la que regula como pensamos, sentimos y actuamos.

Estos tres elementos y el cómo sea la relación entre ellos son los que marcan en gran parte el estado de salud mental de las personas.

En primer lugar debe haber un equilibrio entre lo que se piensa, se siente y se hace. En numerosas ocasiones el malestar de los propios pacientes tiene su base en la distancia o contrariedad entre dos o más de estos componentes. Por ejemplo, sí lo que pensamos no corresponde con lo que sentimos o hacemos experimentamos un malestar que hace que no nos sintamos sanos.

Por otro lado, la intensidad de estos tres factores es también determinante a la hora de hablar de salud ya que, una gran explosión de sentimientos, de ideas o acciones puede hacer que empeore nuestra calidad de vida de la misma manera que si estos faltan o son muy débiles.

Todo esto significa que, de alguna manera ¿hay una norma específica de cómo deben ser nuestros pensamientos, sentimientos y conductas para conseguir estar sanos?

Esta no es una pregunta en la que podamos encontrar una respuesta de si o no rotundo. Lo que si podemos es recalcar varios matices.

Desde luego, no podríamos decir que hay únicamente un pensamiento, un sentimiento o una conducta adecuada para cada situación, ya que, si así lo fuera, significaría que todas las personas deberíamos pensar, sentir y actuar siempre de la misma manera y eso sería, además de utópico, seguramente patológico y sobre todo tremendamente aburrido. Sin embargo, si podemos diferenciar pensamientos, sentimientos y conductas adecuados y no adecuados, adaptativos y no adaptativos, dañinos o saludables, etc.

Este es el punto en el que se mueve la salud mental. Lo que trabajan los profesionales con el paciente es, entre otras cosas, conseguir que puedan manejar mejor y de manera saludable estos tres elementos en el entorno en el que se mueven.

Este objetivo puede lograrse de varias maneras. Conseguirlo dependerá siempre del problema que tenga la persona, del profesional que le atienda y del paciente en sí.

Por esto, la salud mental se puede tratar con fármacos (si la patología tiene una base orgánica), con terapia (cuando su origen es psicológico), en grupo, con la familia, etc. o con varias de estas estrategias a la vez.

En este punto la responsabilidad del profesional a la hora de decidir si un paciente verdaderamente tiene una enfermedad mental es crucial y para hacerlo hace uso de muchas y variadas herramientas. Lo que nunca se pierde de vista es que en la salud mental interviene el bienestar del paciente y, en ocasiones, de los que le rodean.