La Revista de la Salud Mental
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Sección:
Psicología Clínica

El malestar como síntoma
D. Fernando Azor Lafarga, Co-director coordinador de la sección clínica

Un deseo generalizado en las personas es el de estar bien, sentirnos tranquilos, disfrutar de las cosas y no agobiarnos en exceso. Las circunstancias que nos rodean, las habilidades que hemos ido aprendiendo en nuestra vida y nuestra genética, son en gran medida determinantes para que nuestro deseo se pueda hacer realidad.

En esta ocasión quisiera centrarme en los síntomas de malestar psicológico. Éstos son muchos y variados pero parece que al ser menos tangibles que los físicos suele estar menos reconocido el derecho a padecerlos. Muchos son los que piensan que estar triste, ansioso, preocupado diariamente, etcétera es una cuestión de debilidad y que si uno quiere, puede dejar de sentirse así. El hecho es que eso es cierto en parte. Es decir, la persona puede hacer cosas para cambiar, pero no suele ser un capricho sentirse mal. Podríamos decir incluso que cuanto más se enfade uno mismo por estar mal, más probable es sentirse peor.

Normalmente cuando una persona siente un dolor, pongamos en una rodilla, el malestar hace pensar en que podemos lesionarnos si no hacemos caso a la molestia, el dolor es un signo que nos ayuda a poner medios para evitar otros daños. En el plano psicológico, el dolor es la ansiedad y la tristeza expresadas con sus diferentes matices: Inquietud o impaciencia, tristeza, fatigabilidad fácil, dificultad para concentrarse o tener la mente en blanco, irritabilidad, tensión muscular, alteraciones del sueño, dificultad para disfrutar de las cosas, sentimientos de inutilidad, llanto fácil y sentimientos bloqueantes de culpa entre otros. Como decía son menos tangibles estos síntomas que los físicos y en la práctica tiende a ser más fácil no atenderlos como merecen favoreciendo que al no buscar un remedio creen problemas más complejos y lentos de ser resueltos. En cualquier caso no es la primera vez que oigo “preferiría haberme roto una pierna a sentirme así, por lo menos la pierna la veo y sé cuánto tiempo dura la recuperación y cuándo se pasará todo”.

Con los síntomas psicológicos del malestar hay que ser paciente, no se puede cambiar siempre el malestar por tranquilidad sólo con desearlo. En cualquier caso con estas reflexiones no hay que caer en el extremo opuesto. Un exceso de atención a los síntomas de malestar puede hacer caer a la persona en un victimismo, haciendo que se sienta incapaz de buscar soluciones realistas. Después de todo, sentirlos de forma proporcionada es normal.

Un tratamiento psicológico debe ir dirigido a ayudar a las personas a identificar y resolver aquellos síntomas que generan un malestar significativo. En ocasiones formando parte de un todo mayor, es decir un diagnóstico clínico, y en otras siendo un signo aislado de que el método que hemos elegido para resolver nuestros problemas está teniendo efectos secundarios que deberíamos evitar y modificar. Es decir, los síntomas nos informan de cosas, si descubrimos de qué, posiblemente podamos poner en funcionamiento soluciones proporcionadas, específicas y eficaces.

 

 

Fernando Azor Lafarga

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