La Revista de la Salud Mental
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Sección:
Psicología Clínica

Entregarse a los demás
D. Fernando Azor Lafarga, Co-director, coordinador de la sección clínica

Darse a los demás es una de las maneras de conseguir sentirnos bien con nosotros mismos. Desde pequeños, nuestros mayores nos insisten en que nos portemos bien, que seamos buenos y si es así nos premian con halagos. No todos desarrollamos un interés excesivo por el bienestar de los demás, pero en muchas ocasiones la fuente principal del malestar cotidiano proviene de la relación interpersonal, y en concreto de la necesidad de caer bien, de dar una buena imagen, de conseguir que nos valoren. Todos conocemos la teoría: “no pasa nada si los demás nos valoran mal. No podemos conseguir que todos nos quieran”, pero ¿realmente aplicamos esta idea, o a pesar de todo, nos implicamos demasiado en conseguir que los demás estén a bien con nosotros?

Casi todas las fuentes de bienestar del ser humano tienen que ver con la relación social. Podemos comprarnos objetos, bienes, podemos centrarnos en la lectura o en otras actividades individuales pero al final en alguna medida tienen sentido si se ven desde una perspectiva grupal (familia, amigos…). Algunas personas son más sensibles que otras al sentir bienestar por la sonrisa de otro, son más capaces de disfrutar viendo la alegría de quienes le rodean. Esta capacidad hace que vivan de manera intensa situaciones cotidianas (para bien y para mal), y que su capacidad para relacionarse tienda a ser buena. Se muestran capaces de entender y adaptarse a distintas personas. Ahora bien, hay que valorar el coste personal que esto conlleva. Por buscar el propio bienestar, esta actitud puede convertirse en la única fuente de autoestima. Hay madres, por ejemplo, que han hecho de su labor, de su entrega, su única fuente de satisfacción. Hay adolescentes que tienen como única meta agradar a los amiguetes de la pandilla, dejando de lado actividades deportivas o de ocio alternativas. Evitar el conflicto, es otra de las consecuencias negativas más frecuentes. Es sencillo no mostrar el malestar cuando uno quiere llevarse bien. El problema llega cuando ésta es una actitud demasiado frecuente, porque en ese momento lo que producía el bienestar se convierte en una trampa. La amenaza de no estar a la altura será constante. Nuestra felicidad estará en manos de los demás y no en las nuestras.

Si tememos decirle no a alguien podemos intentar imaginarnos la consecuencia real de ese no y si es tan grave o catastrófico. A veces podemos decir no a alguna petición, sin tener más argumento que la no apetencia, puede ser una forma de empezar. No siempre es necesario tener una razón suficientemente justa para defender una necesidad. Y a veces vale la pena enfrentarse a la no aprobación de los demás para sentirnos más fuertes y seguros.